22 feb. 2013

Deja que la mente vaya a donde quiera, y simplemente obsérvala

"No tienes un interlocutor, no hay nadie delante, así que, ¿con quién hablas? Te haces preguntas a ti mismo y, luego, tú mismo la contestas, lo cual es un claro síntoma de locura. Lo único que te diferencia del loco es que el loco se habla a sí mismo en voz alta, y tú lo haces sin emitir sonidos. Algún día, tú también subirás el volumen y pasarás a engrosar las filas de los locos; por ahora, te las arreglas para reprimir la locura en tu interior, pero no olvides que puede entrar en erupción en cualquier momento, porque es una úlcera cancerosa.
     ¿Por qué existe ese diálogo interno? ¿Cuál es la razón? Ocurre por puro hábito. A lo largo de toda la vida se te ha enseñado a hablar...; cuanto más tarda el niño en hablar, menos espabilado se le considera...
     ¿Y para qué diablos sirve el silencio? Se diría que es inútil; no tiene el menor valor en la vida cotidiana... Estamos tan habituados a hablar que hablamos incluso en sueños, las veinticuatro horas del día. Hablar es un automatismo.
     Hablamos y ensayamos sin cesar. Antes de hablar con alguien, ensayamos el diálogo en nuestro interior, y luego, cuando la conversación ha terminado, nos repetimos una y otra vez todo lo que ha sucedido..., y poco a poco nos olvidamos de lo que perdemos mientras estamos absortos en esa charla inútil. Es posible que externamente ganemos algo con ella, pero no hay duda de que, interiormente, perdemos el contacto con nosotros mismos. Cuanto más te acercas a la gente, más te alejas de ti, y cuanto más experto te hagas en este juego, más difícil te resultará estar en silencio. ¡El hábito! Y un hábito no se puede romper así, tan fácilmente.
     Cuando una persona camina, hace uso de las piernas, pero, cuando está sentada, no necesita moverlas. Cuando tienes hambre comes, pero si alguien sigue comiendo cuando no tiene hambre, es indicio de demencia... Pero no pensamos de la misma manera cuando se trata de hablar; nunca nos decimos que lo lógico es no hablar salvo que sea necesario.
     Parece que hubiéramos olvidado por completo que el proceso de hablar puede iniciarse y finalizarse a voluntad...
     ¿Cómo empezar? En el curso de las veinticuatro horas del día necesitas estar en silencio durante una hora, más o menos, cuando más te convenga. El diálogo interno continuará, pero no participas en él. La clave para esto es oír la charla interior como oirías hablar a dos personas, manteniéndote al margen. No te involucres; limítate a escuchar lo que una parte de la mente le dice a otra. Deja que salga lo que salga. No intentes reprimirlo. Únicamente sé testigo de ello.
     Saldrá cantidad de porquería que has acumulado con los años. Nunca se le ha dado a la mente la libertad de tirar toda esa basura, así que, al dársele la oportunidad, empezará a correr igual que un caballo desbocado. ¡Deja que corra! Siéntate y obsérvala. Observar, observar simplemente, es el arte de la paciencia. Te entrarán ganas de subirte al caballo y conducirlo en una u otra dirección, porque ese es el hábito que hasta ahora has practicado, pero tendrás que ejercitar la paciencia para romper ese hábito.
     Deja que la mente vaya a donde quiera, y simplemente obsérvala; no trates de darle ninguna orden, ya que una palabra genera otra, y otra, y mil palabras más, puesto que todas las cosas están conectadas...
     Muchas veces te olvidarás de ser testigo; volverás a subirte al caballo y te irás de viaje por tus pensamientos, involucrado en ellos una vez más. Si te identificas con algún pensamiento, has fracasado; en cuanto te des cuenta de ello, bájate del caballo y deja que las palabras, los pensamientos, vayan a donde quieran sin ser tú su jinete. Limítate a observar.
     Poco a poco, muy tenuemente, empezarás a oír los pasos del silencio y a experimentar el arte de escuchar. Entonces, cuando hayas aprendido a escuchar, ya no necesitarás buscar a un gurú, porque, dondequiera que estés, estará el gurú. La brisa agitará las hojas de los árboles, caerán las flores y las hojas secas, y lo oirás todo. Sentado en la playa, oirás las olas. Oirás desbordarse el río, los relámpagos en en cielo, el tronar de las nubes. Oirás en canto de los pájaros, el llanto del niño, el ladrido del perro... En cualquier circunstancia, oirás...
     Si has aprendido el arte de escuchar, rebosarás de dicha, porque habrás empezado a ser el testigo; y el testigo es la dicha misma".

Osho, El verdadero nombre. La melodía de la existencia
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