24 nov. 2007

La vida sucede sim­plemente aquí y ahora. Vívela. Vívela totalmente, vívela conscien­temente, vívela gozosamente y te sentirás plenamente satisfecho

Pregunta:
Siempre he sentido la necesidad de algunas pequeñas recom­pensas al final del día: unas cervezas, cigarrillos, drogas. Ahora nada de ello me aporta satisfacción, y sin embargo el deseo de algo, de alguna forma de gratificación, subsiste. ¿Qué es este anhelo y que puede satisfacerlo?

"Nada lo satisfará. Hay que comprender el sutil mecanismo del deseo. El deseo funciona de la siguiente forma: el deseo te pone una condición para ser feliz: «Seré feliz si puedo conseguir este coche, esta mujer, esta casa». El cumplimiento del deseo eli­mina esa condición para tu felicidad. Al colmarse el deseo te sien­tes bien. En realidad lo único que has hecho es eliminar un impedi­mento innecesario para tu felicidad, pero no tardarás en encontrar­te pensando: «Si puedo crear de nuevo ese impedimento, entonces lo eliminaré y volveré a sentir el mismo alivio, volveré a sentirme bien». Por eso los deseos, incluso al colmarlos, nos llevan una y otra vez a la creación de nuevos deseos.


¿Lo entiendes? Primero pones una condición. Dices: «A menos que consiga esta mujer no voy a ser feliz. Solamente puedo ser feliz con esta mujer». Entonces empiezas a esforzarte para conseguir esa mujer. Cuanto más difícil es, mayor es tu entusiasmo y tu desaso­siego.

Cuanto más difícil es, mayor es el desafío. Cuanto más difícil es, mayor es tu empeño, mayor tu disposición en apostar. Y, por supuesto, mayores las esperanzas y mayor el deseo de poseer la mujer. Siendo tan difícil debe ser algo extraordinario --piensas, por eso es tan difícil, por eso cuesta tanto. Persigues a la mujer hasta que un día la consigues. El día que la consigues la condición ha sido eliminada. «Si consigo esta mujer seré feliz», pensaste. Tú fuiste quien puso la condición. Al conseguir a la mujer te relajas: la persecución ha terminado, lo has conseguido; el resultado está en tus manos, te sientes bien. Te sientes bien gracias al alivio de haber­lo conseguido.

Un día me encontré a Mulla Nasrudin con aspecto de estar sufriendo mucho y le pregunté:

-¿Qué te pasa? ¿Tienes dolor de estómago?, ¿tienes dolor de cabeza?, ¿te duele algo? ¿Qué te pasa? Pareces estar sufriendo mucho.

-Los zapatos que estoy usando son demasiado pequeños -–me respondió.

-¿Por qué los usas?

-Porque este es el único alivio que consigo al final del día: Sacarme los zapatos. Esta es mi única alegría, por eso no puedo prescindir de estos zapatos. Son una talla demasiado pequeña, usar­los es un verdadero infierno; pero por la noche, al sacármelos, me dan el paraíso. Cuando llego a casa y me saco los zapatos y me arrellano en mi sofá, me digo: «Por fin he llegado». Es muy pla­centero.

Eso es lo que estás haciendo. Creas sufrimiento, angustia, per­secución, desasosiego; hasta que un día llegas a casa, te quitas los zapatos y exclamas: «¡Por fin; por fin lo conseguí! He llegado». ¿Pero cuánto tiempo dura? El alivio dura sólo unos instantes. Entonces empiezas a desear de nuevo.

Ahora esta mujer ya no sirve, porque la has conseguido. No puedes volverla a poner como condición. Ya no puedes volver a decir: «Si consigo esta mujer seré feliz», porque ya la has consegui­do. Ahora empiezas a mirar a otras mujeres: «Si consigo esa otra mujer...». Ahora conoces el truco: primero tienes que poner una condición para ser feliz, entonces tienes que cumplir la condición desesperadamente hasta el día que llega el alivio...

Esto es fútil. Una persona con entendimiento se da cuenta que no hay ninguna necesidad de poner condiciones. Tú puedes ser feliz incondicionalmente. ¿Qué necesidad hay de calzarse unos zapatos pequeños para sufrir con el fin de conseguir un alivio? ¿Por qué no sentir siempre el alivio? Pero entonces no lo sientes, ese es el pro­blema. Para sentirlo necesitas el contraste. Estarás contento, pero no lo sentirás.

La definición de un hombre feliz es ésta: un hombre realmente feliz es aquél que no sabe nada acerca de la felicidad, que nunca oyó nada acerca de ella. Es tan feliz, tan incondicionalmente feliz, que, ¿cómo puede saber que es feliz? Sólo la gente infeliz dice: «Soy feliz, todo me va estupendamente». Esta es la gente infeliz. La persona feliz ¡no sabe nada acerca de la felicidad. Simplemente está ahí, siempre está ahí. Es como la respiración....

La felicidad está aquí y ahora; no requiere de ninguna condi­ción. La felicidad es natural. Simplemente date cuenta. No pongas condiciones a tu felicidad. Sé feliz sin ninguna razón. Para ser feliz no hace falta encontrar ninguna razón, ninguna causa. Simplemente sé feliz. Si no puedes ser feliz, no lo dificultes poniendo condicio­nes...

Pero tú dices: «Solamente seré feliz el día que esa magnífica casa sea mía». Estás poniendo una gran condición. Necesitarás años para colmarla, te agotarás, y de aquí a que consigas el palacio de tus sueños te faltará poco para morir. Eso es lo que ocurre. Has malgastado toda tu vida, y tu magnífica casa se convertirá en tu tumba. Dices: «A menos que tenga un millón de dólares no voy a ser feliz». Entonces tendrás que trabajar y desperdiciar toda tu vida. Mulla Nasrudin es mucho más inteligente: pon condiciones pequeñas y sé tan feliz como quieras.

Y si tienes entendimiento, no hay necesidad de poner ninguna condición. Simplemente ve el quid de la cuestión: que crear condi­ciones no crea la felicidad; sólo te ofrece un alivio. Pero el alivio no es permanente, ningún alivio puede ser permanente. Solamente dura unos instantes.

¿No lo has observado una y otra vez? Querías comprarte un coche; el coche está estacionado en tu porche, durante unos instan­tes eres feliz. ¿Cuánto tiempo dura esa felicidad? Mañana será un coche viejo. Todo el vecindario lo ha visto y lo ha apreciado; ¡se acabó el asunto! Ahora ya no le interesa a nadie, nadie habla de ello. Por eso los fabricantes de automóviles tienen que sacar nue­vos modelos cada año, para que puedas tener nuevas condiciones...

La gente anhela cosas únicamente para tener un alivio, pero el alivio siempre está disponible. ¿Has oído la siguiente historia?:

Un mendigo estaba recostado bajo la sombra de un árbol cuan­do a un hombre rico se le estropeó el coche. Mientras el chofer esta­ba reparando el coche, el hombre rico vio al mendigo haciendo la siesta. Era un día hermoso, soplaba una brisa fresca. El hombre rico se sentó junto al mendigo y le dijo:

-¿Por qué no trabajas?

-¿Para qué? -le preguntó el mendigo.

El hombre rico se sintió un poco incómodo: -Para tener un buen saldo en tu cuenta bancaria.

Pero el mendigo le volvió a preguntar: -¿Para qué?

El hombre rico se irritó: -¿Para qué? Para que cuando seas viejo puedas retirarte y descansar.

¡Ya estoy descansando ahora! --dijo el mendigo--. ¿Por qué esperar a viejo? ¿Para qué todo este absurdo de ganar dinero para tener un buen saldo bancario para finalmente descansar. ¡Ya estoy descansando ahora! ¿Por qué esperar?

¿Por qué has de esperar a que llegue la noche? ¿Por qué espe­rar por una cerveza? ¿Por qué no bebes agua y la disfrutas?...

Puedes beber agua con tal entusiasmo, con tal devoción, que se convierta en vino. En la ceremonia zen del té, es tal la ceremonia, es tal la presencia que incluso el té se convierte en algo extraordi­nario: el té ordinario se transforma. Los actos ordinarios pueden transformarse; un paseo matinal puede ser embriagador. Y si un paseo matinal no puede convertirse en algo embriagador es que hay algo en ti defectuoso. El simple hecho de observar una rosa puede ser embriagador. Si una rosa no puede embriagarte, nada puede embriagarte. Mirar los ojos de un niño puede ser embriagador.

Aprende cómo vivir el instante gozosamente. No busques resul­tados, no los hay. La vida no va a ninguna parte, no tiene objetivos. La vida no es un medio para lograr una meta. La vida sucede sim­plemente aquí y ahora. Vívela. Vívela totalmente, vívela conscien­temente, vívela gozosamente y te sentirás plenamente satisfecho..."


Osho, De la medicación a la meditación
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