28 jun. 2013

Estás haciendo el amor con un hombre o con una mujer, pero estás en otro sitio. No es un acto total, no es orgásmico, no te fundes, y entonces surge la avidez

     "Si has disfrutado tu comida, luego la olvidas. Una vez has terminado, has terminado. No sigues pensando en ella. Pero si has comido sin hacerlo con totalidad, pensando en miles de cosas y sin estar realmente presente en la mesa  --estabas allí físicamente pero psicológicamente te hallabas en otro sitio--, entonces luego pensarás en la comida. La comida se convertirá en una obsesión.
     Así es como la sexualidad se ha vuelto una obsesión en Occidente. Estás haciendo el amor con un hombre o con una mujer, pero estás en otro sitio. No es un acto total, no es orgásmico, no te fundes, y entonces surge la avidez. Intentas satisfacer esa avidez, ese deseo no satisfecho, de todas las formas posibles: con la pornografía, las películas pornográficas y las fantasías, que son tu cine particular. Fantaseas con mujeres, y cuando aparece una mujer de verdad dispuesta a amarte, tú no estás ahí. Y si no hay ninguna mujer, la inventas con tu fantasía.
     Esta situación es lamentable. Cuando comes no estás ahí, pero luego piensas en la comida, fantaseas con ella. Esto ocurre porque no te hallas plenamente en tu acto, siempre estás dividido. Cuando haces el amor estás pensando en brahmacharya, el celibato. Y cuando eres célibe piensas en hacer el amor. No estás en la misma frecuencia, no estás en armonía.
     Y sigues fingiendo que todo está bien para no tener que enfrentarte a este problema.
     Me han contado que en Polonia había una pareja muy conocida por ser la pareja ideal. Llevaban sesenta años de matrimonio y nunca habían tenido ningún problema...Habían  vivido rodeados de paz, al menos en apariencia.
     Estaban celebrando su sesenta aniversario de bodas cuando apareció un periodista que quería entrevistarles.
     - ¿Cuántos años tiene su mujer? -preguntó el periodista.
     - Ochenta y siete años -dijo el marido-, y si Dios quiere, vivirá hasta los cien.
     - ¿Y usted cuántos años tiene?
     - Ochenta y siete también -respondió el marido-, y si Dios quiere, viviré hasta los ciento un años.
     - ¿Por qué quiere vivir más que su esposa?- quiso saber el periodista.
     - Seré sincero -dijo el octogenario-: para tener al menos un año de paz.
     Las apariencias engañan. Las apariencias hacen que parezcas un hombre respetable, pero no te proporcionan satisfacciones. Y antes o después, de una forma u otra, la verdad saldrá a la luz".

Osho, Vivir peligrosamente en tiempos extraordinarios
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