12 may. 2010

El individuo debería sentirse tan feliz, tan dichoso, tan silencioso, tan satisfecho, que gracias a ese estado de satisfacción empieza a compartir

Nadie puede dejar de ser un egoísta excepto los hipócritas. La palabra "egoísta" ha adquirido un tono de condena porque todas las religiones la han condenado. Quieren que seas altruista, pero ¿por qué? Para ayudar a los demás...

El egoísmo es natural. Sí, siendo egoísta llega un momento en el que estás compartiendo. Cuando te encuentras en un estado de alegría desbordante es cuando puedes compartir. Ahora mismo la gente infeliz está ayudando a otra gente infeliz, los ciegos guían a otros ciegos. ¿Qué ayuda puedes ofrecer? Esta es una idea muy peligrosa que ha prevalecido a través de los siglos...

Dicen a la gente que ayude a los demás, pero ellos mismos es­tán vacíos. Dicen a la gente que ame a los demás —a sus vecinos, a sus enemigos— pero nunca les han dicho que se amen a sí mis­mos. Directa o indirectamente, todas las religiones dicen a la gente que se odie. La persona que se odia no puede amar a nadie; sólo puede fingir que ama.

Lo fundamental es amarte tanto a ti mismo que el amor rebose y alcance a los demás. No estoy en contra de compartir, pero estoy absolutamente en contra del altruismo. Estoy a favor de compartir, pero primero debes te­ner algo para compartir. De ese modo no estarás haciendo algo como una obligación hacia nadie, sino al contra­rio, la persona que recibe algo de ti te está haciendo un favor. Deberías estar agradecido al otro, porque podía ha­ber rechazado tu ayuda y ha sido generoso aceptándola.

Siempre insisto en decir que el individuo debería sentirse tan feliz, tan dichoso, tan silencioso, tan satisfecho, que gracias a ese estado de satisfacción empieza a compartir. Está tan pleno como una nube cargada de lluvia que debe descargarla.

Si resulta que sacia la sed de los demás o la sed de la tierra, esto es secundario. Si cada individuo está lleno de alegría, lleno de luz y lleno de silencio, lo compartirá sin que nadie se lo diga, porque compartir es una felicidad. Dárselo a alguien produce más alegría que obtenerlo.

Pero habría que cambiar toda la estructura. No habría que decir a las personas que fuesen altruistas. Si son desdichados, ¿qué le van a hacer? Si son ciegos, ¿qué le van a hacer? Si han derrochado su vida, ¿qué le van a hacer? Sólo pueden dar lo que tienen. De ma­nera que la gente está dando a todo el que entra en contacto con ellos infelicidad, sufrimiento, angustia y ansiedad. ¡Eso es el altruis­mo! No, yo prefiero que todo el mundo sea absolutamente egoísta.

Los árboles son egoístas: aportan agua a sus raíces, aportan sa­via a sus ramas, a sus hojas, a sus frutos y a sus flores. Y cuando flo­recen esparcen su perfume a todo el mundo, tanto conocido como desconocido, familiar o extraño. Cuando están cargados de fruta, comparten y dan sus frutos. Pero si enseñases a los árboles a ser al­truistas morirían, del mismo modo que toda la humanidad está muerta, sólo son cadáveres andantes. Y ¿hacia dónde van? Van ha­cia el cementerio para descansar finalmente en su tumba.

La vida debería ser una danza y la vida de todo el mundo pue­de convertirse en una danza. Debería ser una música, y después podrás compartir; tendrás que compartir. No es que yo lo diga, es una de las leyes fundamentales de la existencia: cuanto más com­partes tu dicha, más crece.

Por eso enseño egoísmo".

Osho, Compasión. El florecimiento supremo del amor
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