6 mar. 2014

La muerte es algo que les sucede a los demás, nunca a uno mismo.

         "Decir que te esfuerzas lo indecible por ser virtuoso no genera en ti ningún cambio. No ocurre nada por mucho que pienses o hables de ello. No es de extrañar que hablemos tanto de la virtud y las buenas obras y pensemos y hablemos tan poco de los pecados; nos limitamos a cometerlos. Si te aconsejo que te contengas un minuto cuando la ira empieza a apoderarse de ti, contestas que es imposible, que la ira no se puede posponer. Claro, ¿cómo vas a contener la ira si el que podría contenerla no está presente cuando la ira llega? ¿Dónde estamos en ese momento?
          Si te aconsejo que medites, contestas: "Hoy no, hoy no tengo tiempo". Además piensas: "¿Por qué tanta prisa? Todavía nos queda tanto camino por recorrer en la vida, y el momento indicado para estas cosas es al final, cuando la muerte está ya cerca".  Recuerda que no oirás a la muerte llegar; ni siquiera el moribundo percibe la llegada de la muerte...
          Y nos pasamos la vida posponiendo el final. Parece que nunca llegará, hasta que llega. Desde fuera, los demás perciben cuándo a alguien le ha llegado el fin; pero uno mismo no, ¡el que se muere no ha tenido tiempo ni de darse cuenta!
          Lo que quiero decir es que uno nunca muere; en sus pensamientos está vivo siempre. La muerte es algo que les sucede a los demás, nunca a uno mismo. Incluso en el momento de morir está uno tejiendo planes para la vida. Posponemos siempre la idea de la muerte para mañana. Todo lo que es auspicioso lo vamos posponiendo; en cambio aquello que no lo es, lo hacemos al instante.
          El día que hagas lo contrario, te teñirás del color de Su nombre. Entonces postergarás lo que no te es favorable y llevarás a cabo lo favorable inmediatamente".

Osho, El verdadero nombre. La melodía de la existencia
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