7 mar. 2009

La forma de saber es cuando lo experimen­tas tú mismo, no cuando te lo cuentan los de­más

"Khajuraho, el nombre en sí es como si repi­caran campanas de alegría dentro de mí, como si hubiera descendido del cielo a la tierra. Ver Khajuraho en una noche de luna llena es ver todo lo que vale la pena ser visto. Mi abuela nació allí; con razón era una mujer hermosa, valiente y también peligrosa. La belleza siempre es así, valiente y peligrosa. Ella se arriesga­ba... Nani era una mujer muy valien­te, y me ayudó a que me atreviera con todo, quiero decir todo.

Si quería beber vino, ella me lo facilitaba. Me decía:

- A no ser que bebas por completo, no te podrás librar de ello.

Y sé que es la manera de librarte de todo. Ella me conseguía todo lo que quisiese. Mi abuelo, su marido, siempre tenía miedo; era un ratón, como todos los maridos del mundo; un ratón precioso, un buen tipo, pero nada en comparación con ella...

Mi familia era mi abuela, y me comprendía porque me había visto crecer desde muy pe­queño. Sabía de mí más de lo que podía saber cualquier otra persona, porque me permitía hacer todo..., todo.

En India, cuando llega el festival de las luces, mucha gente se aventura en el juego. Es un extraño ritual: se permite el juego durante tres días; después te pueden detener y castigarte.

Le dije a mi abuela:

- Quiero jugar.

- ¿Cuánto dinero necesitas? -me preguntó.

Yo no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. Creía que me iba a decir: "Nada de juego". Y, sin embargo, dijo: "¿Así que quieres jugar?". Me dio un billete de cien rupias y me dijo que fuera a jugármelo donde quisiese, porque sólo se aprende con la experiencia.

Me ha ayudado tremendamente de este modo. Una vez quise ir a una prostituta. Sólo tenía quince años y había oído decir que había venido una prostituta al pueblo. Mi abuela me preguntó:

- ¿Sabes qué es una prostituta?

- No exactamente -le contesté. Entonces me dijo:

- Debes ir y ver pero, primero, sólo vete a verla cantar y bailar.

En India las prostitutas al principio cantan y bailan, ¡pero el canto y el baile eran de tan baja categoría y la mujer era tan fea que vomité!. Volví a casa hacia la mitad, antes de que acabe el canto y el baile, y antes de que empezase la prostitución.

- ¿Por qué has vuelto a casa tan pronto? -me preguntó mi Nani.

- Porque era nauseabundo -le contesté. Sólo más tarde, cuando leí el libro de Jean­-Paul Sartre La náusea entendí lo que me había ocurrido esa noche. Pero mi abuela me dejó ir a una prostituta. No recuerdo que me dije­ra nunca que no. Quería fumar, y ella me dijo:

- Ten en cuenta una cosa: está bien que fu­mes, pero fuma siempre en casa.

- ¿Por qué? -le pregunté.

- Porque a los otros les puede molestar, así que fuma en casa. Yo te proporcionaré los ciga­rrillos.

Ella siguió dándome cigarrillos hasta que yo le dije:

- ¡Basta! . Ya no necesito más.

Mi Nani estaba dispuesta a ir hasta donde fuera para que yo mismo pudiese experimen­tar. La forma de saber es cuando lo experimen­tas tú mismo, no cuando te lo cuentan los de­más. Es ahí donde los padres se vuelven nauseabundos: están dando órdenes constante­mente. Un niño es la reencarnación de Dios. Se le debería respetar, y se le debería dar la oportunidad de crecer y de ser, no de acuerdo a ti, sino a su propio potencial".

Osho, Vislumbres de una infancia dorada
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