21 sept. 2008

Nunca he conocido a nadie en mi vida que fuera tan sensible

"Uno de mis profesores universitarios, el doctor Ras Biharidas -que era un anciano- había vivido toda su vida solo porque se sentía tan contento y tan alegre consigo mismo que nunca necesitó de nadie.

Era el director del departamento, por lo que tenía un gran bungalow y vivía solo en él. A medida que nos fuimos conociendo se fue mostrando muy amoroso conmigo, era como un padre.

Me dijo: "No hace falta que vivas en una residencia, puedes venir a vivir conmigo. Toda mi vida he vivido solo..." Solía tocar el sitar; quizá mejor que ninguna otra persona a la que yo haya oído, y eso que he oído a los mejores. Pero nunca lo tocaba para entretener a la gente, sólo tocaba por pura alegría.

Y tenía unos horarios que nadie habría imaginado...; solía tocar el sitar todos los días a las tres de la mañana, y había estado tocándolo durante setenta años. Las dificultades surgieron desde el primer día porque yo solía leer hasta las tres de la mañana y después me iba a la cama, justo cuando a él le llegaba la hora de despertar.

Y esto era una molestia para ambos porque a mí me encantaba leer las cosas que me gustaban no en silencio, sino en voz alta. Cuando únicamente lees con los ojos sólo puede haber una conexión parcial. Pero cuando lees poesía en voz alta entras en ella, por un momento te conviertes en el poeta. Te olvidas de que es la poesía de otra persona y se convierte en parte de tu sangre, de tus huesos, de tu tuétano.

Naturalmente le costaba dormir. Y cuando yo iba a dormir a las tres también me costaba caer dormido. Él estaba tocando sus instrumentos eléctricos: la guitarra, el sitar y demás instrumentos, muy cerca de mi, justo en la habitación de al lado. En dos días ambos estábamos cansados de la situación.

Él me dijo: "Quédate a vivir en esta casa, ¡yo me voy!"

Yo respondí: "No tienes por qué irte, ¿y a dónde irías? Por lo menos yo tengo plaza en la residencia. Yo me iré".

Pero él dijo: "No puedo decirte que te vayas. Te quiero, me encanta que estés aquí. Pero los hábitos de cada uno de nosotros son un peligro para el otro. Nunca me he inmiscuido en la vida de nadie ni nadie se ha inmiscuido en la mía. Y, como te conozco, sé que no te vas a inmiscuir en mi vida. ¡Pero eso nos matará a los dos! No me vas a decir : "Cambia de horario". Yo no puedo pedirte que dejes la casa; por eso te digo que me voy, quédate a vivir aquí".

Yo le persuadí: "No puedo vivir aquí. Una vez que te vayas la universidad no lo permitiría, esta casa te ha sido asignada a ti. Yo tengo que ir a mi residencia". Me acompañó hasta la residencia con lágrimas en los ojos.

Lo he recordado en este momento porque nunca he conocido a nadie en mi vida que fuera tan sensible, tan cuidadoso...

No me podía decir... que era su casa. Podría haberme dicho: "Lee en silencio", o "Lee en otro momento". Pero él nunca haría algo así. Eso hubiera sido sencillo, es lo que todo el mundo hace. Pero su sensibilidad y su profundo respeto por la otra persona... incluso su veneración por las cosas era impecable".

Osho, Más allá de la psicología
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