23 ene. 2008

La verdad de la cuestión es que apenas existe ningún hogar donde el padre y el hijo se traten con amor

"Me alojé varios días como huésped en casa de un amigo mío. Es muy rico; posee muchos bienes. Pero una cosa me desconcertó: nunca hablaba con amabilidad a nadie. Por lo demás, era un buen hombre. Me desconcertaba mucho ver que era muy blando interiormente, pero era muy duro por fuera. El criado temblaba ante él; su hijo temblaba ante él; su mujer tenía miedo de verlo. La gente se lo pensaba mucho antes de visitarlo. Aun cuando llegaban a su puerta titubeaban antes de llamar al timbre, preguntándose si debían entrar o no.Cuando pasé unos días con él y llegué a conocerlo bien, le pregunté a qué se debía todo aquello.-En realidad, eres un hombre muy sencillo –le dije. Él me respondió:-Tengo mucho miedo. Es peligroso establecer una relación personal, pues si estableces una relación con alguien, tarde o temprano empieza a pedirte dinero. Si eres amable y cariñoso con tu esposa, los gastos se multiplican. Si no eres severo con tu hijo, te pide cada vez más dinero para sus gastos. Si hablas con amabilidad a tu criado, también él quiere comportarse como un amo.Por lo tanto, tenía que levantar a su alrededor un sólido muro de frialdad, que espantase a su esposa, que espantase al hijo. ¿Cuántos padres han hecho esto?La verdad de la cuestión es que apenas existe ningún hogar donde el padre y el hijo se traten con amor. El hijo recurre al padre cuando necesita dinero; el padre va a ver al hijo cuando quiere soltarle un sermón; los dos no se reúnen en ninguna otra ocasión. No existe ningún punto de reunión entre el padre y el hijo. El padre tiene miedo y se ha rodeado de un muro sólido. El hijo también tiene miedo; se mueve a hurtadillas del padre. No existe ninguna armonía entre los dos. Cuanto más miedo tiene una persona, cuanto más se preocupa de su seguridad, más se solidifica. La fluidez es muy peligrosa, produce inseguridad.Esta es la razón por la que tenemos miedo a enamorarnos. Sólo cuando hemos estudiado a la persona y nos hemos asegurado a fondo llegamos a enamorarnos. Eso quiere decir que primero nos aseguramos de que la persona no representa ningún peligro para nosotros y después nos enamoramos. Por eso hemos inventado los matrimonios: primero nos casamos, primero tomamos todas las medidas necesarias, y después nos enamoramos, porque el amor es peligroso. El amor es fluido, da entrada a otra persona. Es peligroso enamorarse de una persona extraña: ¡puede escaparse por la noche con todos nuestros objetos de valor! Así pues, investigamos a fondo quién es esa persona, a qué se dedica, de dónde son sus padres, qué carácter tiene, qué cualidades tiene. Tomamos todas las medidas, tomamos todas las precauciones sociales posibles; sólo después de esto aceptamos contraer matrimonio con la persona.Somos gentes asustadas; queremos asegurarlo todo primero. Cuando más nos aseguramos, más duro y más frío se vuelve el muro de hielo que nos rodea y que encoge todo nuestro ser. Nuestra separación de lo divino se ha producido por un único motivo: porque no somos líquidos, porque nos hemos vuelto sólidos. Ésta es la única causa de la separación: no fluimos, nos hemos quedado como bloques; no somos agua, somos como hielo sólido. Cuando nos volvemos fluidos, ya no existirá la separación; pero sólo nos volvemos fluidos cuando aceptamos ver y vivir la muerte, cuando aceptamos que la muerte existe.

Cuando hemos visto y hemos reconocido que la muerte existe, ¿por qué hemos de tener miedo alguno? Cuando la muerte está allí con seguridad, cuando la ola sabe con seguridad que ha de desaparecer, si la ola ha descubierto que el nacimiento mismo contiene a la muerte, si la ola ha llegado a saber que su desintegración comenzó en el momento mismo en que fue creada, allí termina la cuestión. ¿Por qué convertirse entonces en hielo? Enseguida aceptará ser una ola mientras tenga que serlo, y aceptará ser el mar mientras tenga que serlo. ¡Eso es! ¡Aquí termina la cuestión! En ese instante se acepta todo. En esa aceptación, la ola se convierte en el mar. Entonces desparece toda inquietud por su desaparición, pues la ola sabe que existía antes de su extinción y que seguirá existiendo aun después de desparecer; no como el yo, sino como el mar sin límites".

Osho, Aquí y ahora
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