7 feb. 2008

Es difícil ver el propio yo. Es muy fácil ver el yo de los demás

"El problema se vuelve múltiple, porque las personas que ayu­dan están en el mismo bote. Y querrían ayudar pues, cuando ayu­das a alguien, el yo se siente muy bien, muy, muy bien. Porque ayudas mucho, eres un gran gurú, un maestro; ayudas a mucha gente. Cuanto mayor es la multitud de tus seguidores, mejor te sientes. Pero tú estás en el mismo bote: no puedes ayudar. Más bien, harás daño.

La gente que aún tiene sus propios problemas no puede ayu­dar mucho. Sólo puede ayudarte alguien que no tenga problemas propios. Únicamente entonces tendrás la claridad para ver, para ver a través de ti. Una mente que no tiene problemas propios puede verte: te vuelves transparente para ella. Una mente que no tiene problemas propios puede ver a través de ella: por eso se tor­na capaz de ver a través de otros.

En Occidente hay muchas escuelas de psicoanálisis, muchas es­cuelas, pero la ayuda no alcanza a la gente; más bien, la daña. Porque la gente que ayuda a los demás, o que trata de ayudarlas, o que se posiciona como capaz de ayudar, está en el mismo bote.

Estuve leyendo las memorias de la esposa de Wilhelm Reich. Fue uno de los psicoanalistas más importantes, uno de los más re­volucionarios. Pero, cuando la cuestión se vuelve hacia los proble­mas propios, surgen las dificultades. Su esposa escribe en sus me­morias que él les enseñaba a los demás a no ser celosos, que el amor no es posesión sino libertad. Pero, con su propia esposa, siempre fue celoso. Si ella se reía con alguien, de inmediato ha­bía tristeza. Él hacía el amor con muchas mujeres, pero no podía permitirle a su esposa ni siquiera sonreír con alguien; ni siquiera le permitía que se sentara con alguien y hablara. Cada vez que él salía (a veces tenía que ir a ver a sus pacientes), lo primero que hacía al volver era preguntar a dónde había ido su esposa, con quién se había encontrado, quién había ido a la casa, y había un minucioso interrogatorio. Su esposa dice que ella simplemente suspiraba. Este hombre era tan sabio con los demás, pero consi­go mismo...

Es difícil ver el propio yo. Es muy fácil ver el yo de los demás. Pero ese no es el punto. No puedes ayudarlos. Trata de ver tu propio yo. Sólo míralo. No te apresures a abandonarlo; sólo ob­sérvalo. Cuanto más lo observes, más capaz te harás. De repen­te, un día, descubres que fue abandonado. Y, cuando cae por sí mismo, sólo entonces cae. No hay otra forma. Tú no puedes abandonarlo prematuramente. Cae igual que una hoja muerta: el árbol no hace nada; es sólo una brisa, una situación, y la hoja muerta; sencillamente, cae. El árbol ni siquiera tiene consciencia de que se ha caído una hoja muerta. No hace ruido, ni demandas, nada. La hoja muerta sencillamente cae y se apoya en el suelo: sólo eso.

Cuando maduras a través de la comprensión, de la consciencia, y has sentido totalmente que el yo es la causa de todas tus desdi­chas, un día ves la hoja muerta simplemente cayendo. Se apoya sobre el suelo y muere a su propio ritmo. Tú no has hecho nada y no puedes adjudicarte el abandono. Tú sólo ves que ha desapa­recido, y entonces surge el verdadero centro. Y ese verdadero centro es el alma, el yo, Dios, la verdad, o como quieras llamar­lo. No tiene nombre; así que todos los nombres vienen bien. Pue­des ponerle cualquier nombre, a tu gusto..."

Osho, Retorno al origen
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