"¡Excédete! Si quieres excederte comiendo, excédete. Quizás a través del excederte vuelvas a tus cabales. Puede que a través del excederte alcances una madurez, un punto de madurez que te muestre tu estupidez.
Recuerdo que Gurdjieff decía gustarle una determinada clase de fruta. Es originaria del Cáucaso y siempre le había sentado mal. Siempre que la comía, su estómago resultaba alterado; tenía dolores y calambres y náuseas y de todo. Pero le gustaba tanto la fruta que era imposible dejar de comerla. Al cabo de unos días volvía a comerla; una y otra vez. Él dice, "Un día mi padre fue al mercado y me llevó con él y compró gran cantidad de esa fruta. Yo estaba muy feliz y sorprendido. "¿Porque que me la está comprando? Siempre se había opuesto, siempre me había estado diciendo que no la comiera. ¿Qué ha ocurrido? ¡Qué padre tan bueno!"
Gurdjieff tenía solamente nueve años; su padre cogió un bastón y le dijo, "Cómetela toda. Si no, te daré una paliza hasta matarte". Y era un hombre peligroso. A Gurdjieff se le caían las lágrimas mientras comía y tuvo que comérsela toda. Vomitó, pero su padre era un hombre muy, muy duro. Vomitó y durante tres semanas estuvo enfermo de disentería, vomitando y con fiebre. Y aquí se acabó esa fruta. Él dijo, "Incluso ahora que tengo sesenta años, si por casualidad me cruzo con esa fruta, todo mi cuerpo se pone a temblar. ¡No puedo ni siquiera mirarla!"
El exceso creó esa profunda comprensión, llegando hasta las raíces mismas del cuerpo. Yo te digo, "¡Ve y excédete!". No hay nada de malo en que te excedas. Si realmente autoindulges y no te refrenas, saldrás de ello más maduro. Si no, la idea de excederte persistirá siempre, te acechará, se convertirá en un fantasma".
Osho, Yoga: La Ciencia del Alma, Vol. IV
http://osho-maestro.blogspot.com/
Recuerdo que Gurdjieff decía gustarle una determinada clase de fruta. Es originaria del Cáucaso y siempre le había sentado mal. Siempre que la comía, su estómago resultaba alterado; tenía dolores y calambres y náuseas y de todo. Pero le gustaba tanto la fruta que era imposible dejar de comerla. Al cabo de unos días volvía a comerla; una y otra vez. Él dice, "Un día mi padre fue al mercado y me llevó con él y compró gran cantidad de esa fruta. Yo estaba muy feliz y sorprendido. "¿Porque que me la está comprando? Siempre se había opuesto, siempre me había estado diciendo que no la comiera. ¿Qué ha ocurrido? ¡Qué padre tan bueno!"
Gurdjieff tenía solamente nueve años; su padre cogió un bastón y le dijo, "Cómetela toda. Si no, te daré una paliza hasta matarte". Y era un hombre peligroso. A Gurdjieff se le caían las lágrimas mientras comía y tuvo que comérsela toda. Vomitó, pero su padre era un hombre muy, muy duro. Vomitó y durante tres semanas estuvo enfermo de disentería, vomitando y con fiebre. Y aquí se acabó esa fruta. Él dijo, "Incluso ahora que tengo sesenta años, si por casualidad me cruzo con esa fruta, todo mi cuerpo se pone a temblar. ¡No puedo ni siquiera mirarla!"
El exceso creó esa profunda comprensión, llegando hasta las raíces mismas del cuerpo. Yo te digo, "¡Ve y excédete!". No hay nada de malo en que te excedas. Si realmente autoindulges y no te refrenas, saldrás de ello más maduro. Si no, la idea de excederte persistirá siempre, te acechará, se convertirá en un fantasma".
Osho, Yoga: La Ciencia del Alma, Vol. IV
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