9 oct. 2008

En cada relación amorosa ambas personas son inocentes respecto a sí mismas, pero ambas son responsables de proyectar en la otra persona algo que no es

Amado Osho,

Contaste una historia hace unos diez años que no he podido comprender:


Un buscador se pierde en las montañas; está cansado y tiene sed. Es de noche y ve un cuenco de plata con un agua transparente como el cristal, la bebe, y a continuación se queda dormido. Por la mañana ve que el cuenco era en realidad una calavera vieja y sucia.

Se rió y se iluminó.

¿Qué es lo que vio, Osho?

"La historia es simple, pero tiene un significado tremendo. El busca­dor vio en la calavera la realidad tal como es y nuestras ilusiones res­pecto a ella. Vio lo que pensamos que es y lo que es en realidad, y la diferencia es tremenda.

No hubiera tomado esa agua, no se la hubiera bebido si hubiera sabido que se trataba de una vieja y sucia calavera. Pensó que era un pre­cioso cuenco con agua cristalina.

Vivimos nuestra vida en medio de ilusiones de agua clara como el cristal, pero la realidad es totalmente diferente. Viendo la diferencia, se rió de sí mismo. Y ser capaz de reírse de uno mismo puede llegar a ser un gran descubrimiento, uno se puede iluminar.

Las personas se ríen de los demás, y si alguien se ríe de ellas se sien­ten heridas, pero llegar a entender que puedes ver tu propia estupidez... Y toda tu vida está llena de estupidez. Vivimos sueños, ilusiones, aluci­naciones. No corresponden a la realidad en absoluto. La realidad es la vieja calavera sucia. Se rió de sí mismo y esa misma risa le convirtió en un hombre diferente. Ahora vivirá la realidad, sea la que sea. Ya no harán falta ilusiones, no harán falta alucinaciones para encubrirla, para ocultarla.

Ha visto el punto.

La historia es simple, pero es la historia de todo el peregrinaje de la oscuridad a la luz, de las ilusiones a la realidad.

Simplemente observa tu mente, cómo crea ilusiones respecto a todo y a continuación se queda desilusionada y alterada. Amas a un hombre, amas a una mujer; creas una cierta ilusión respecto a ese hombre o mujer. En lo profundo de ti lo sabes, estás imponiendo una imagen. Pronto se hará añicos, porque ante la realidad, ninguna ilusión puede durar mucho tiempo. Pronto te encontrarás con la vieja calavera.

Entonces lo más normal es que te sientas decepcionado, desgracia­do y que no entiendas lo sucedido. Si te hubieras podido reír, lo habrías entendido.

Incluso cuando comprendes que las cosas no son como te las ima­ginabas, vuelcas toda la responsabilidad en la otra persona. Una mujer que te parecía preciosa acaba siendo insoportable. Un hombre que creías un héroe acaba siendo un marido dominado. No os vais a reír de voso­tros mismos. Pondréis toda la responsabilidad en la otra persona: os ha engañado, aparentaba ser algo que no es, no era tan hermosa, sólo apa­rentaba: logró engañarte con todo su maquillaje. Pero no hace falta maquillaje. Vuestras ilusiones, vuestras alucinaciones, vuestra ansia es suficiente: son el mayor maquillaje del mundo.

Cualquiera cosa que quieras, cualquier cosa que desees, la proyec­tas y cuando esa proyección resulta estar equivocada, hay dos posibili­dades. Una es volcar toda la culpa en la otra persona, que simplemente es inocente de lo que estabas viendo en ella.

De hecho cuando dices a una mujer: «Eres preciosa...» y esto y lo otro, se queda maravillada porque cuando se mira en el espejo no encuentra nada de lo que le dices. ¿Pero por qué corregirte? ¿Por qué no disfrutar? Eso satisface su ego. Ni la mujer más fea pondrá objecio­nes no dirá que estás equivocado. Sonreirá y aceptará tus cumplidos. Y cuando se ponga frente a un espejo quizá piense que era ella la que esta­ba equivocada. ¿Cómo podría equivocarse ese hombre? ¿Por qué habría de estar equivocado?

En cada relación amorosa ambas personas son inocentes respecto a sí mismas, pero ambas son responsables de proyectar en la otra persona algo que no es.

Una historia sufí cuenta que Mulla Nasruddin tenía una casa pre­ciosa en las montañas y solía ir a ella de vez en cuando. Solía decir que estaría descansando dos, tres o cuatro semanas, pero nunca podía mantener la fecha que daba para su regreso; siempre regresaba antes. Si se iba para tres semanas, regresaba en dos.

Sus amigos empezaron a preguntarle: «Planeas irte tres semanas y vuelves en dos, a veces incluso en una. ¿Qué te ocurre?».

Él dijo: «No lo sabéis. Tengo una vieja sirvienta».

Ellos le preguntaron: «¿Qué tiene eso que ver con quedarte a des­cansar en las montañas?».

Él respondió: «Primero escuchadlo todo. Es muy fea. Por eso la he elegido, ése es mi criterio. Cuando empieza a parecerme guapa, enton­ces escapo porque pienso: "Vete ya, Mulla, éste no es un lugar seguro, te estás volviendo loco". Voy para tres semanas, pero ¿qué puedo hacer?. En tres días empieza a parecerme guapa. Y si me quedara un día más podría empezar a proponerle... Y es muy fea. Es difícil tolerar su fealdad, pero la he mantenido a mi servicio especialmente para este propó­sito, así se que estoy empezando a volverme loco y es el momento exac­to de irme y regresar a casa, de volver al mundo».


Proyectas, la proyección fracasa. Si pudieras reírte de ti mismo... Ese es el mensaje de la historia.

El hombre tenía sed, era de noche. Era una proyección. Incluso bajo la luz de la luna una calavera es una calavera y el agua sucia es agua sucia. Pero él tenía sed; fue su sed la que proyectó un agua cristalina en un precioso cuenco. Y bebió alegremente. Por la mañana no tenía sed y era de día. Miró el cuenco; era una vieja calavera sucia y ¡él había bebi­do de ella!. Si hubiera sabido que era una calavera llena de agua sucia, habría preferido seguir pasando sed que beber de ella. Pero su sed pro­yectó una ilusión.


Lo hacemos a cada momento de nuestra vida, proyectamos ilusio­nes -sobre la gente, sobre las cosas- y constantemente nos sentimos frustrados, disgustados.


La historia te está diciendo: ese es el momento; si puedes entender que eran proyecciones tuyas... Ése es el momento de reírte de ti mismo, de tu propia estupidez, de tu propia necedad. Eso sería un acto de una gran inteligencia. Y te liberaría de la constante proyección y frustración, de todo ese círculo vicioso...

Por eso la enseñanza de esta pequeña anécdota es inmensa. Si te puedes reír de ti mismo cuando tus ilusiones se caen, pronto podrás vivir sin ilusiones, vivir sin alucinaciones, vivir sin proyecciones. Y vivir sin todo esto significa vivir en paz, en silencio, y celebrar las pequeñas cosas de la vida".


Osho, Más allá de la psicología
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