8 oct. 2016

La verdadera prueba es el mundo, y no el hecho de estar más o menos callado, de ser más cariñoso o compasivo, o de haber madurado espiritualmente. Ve a la calle, pero recuerda que no puedes perderte. Sigue siendo el observador. Perderse es muy fácil.

"La gente renuncia al mundo, pero no renuncia a nada. Aunque renuncies a tu casa, a tu mujer, a tus amigos, a tu dinero, pero ¿dónde y cómo vas a renunciar a tu mente? Si puedes dejar tu mente a un lado, no tendrás que irte a ningún sitio; tu propia casa será tu templo, porque la verdadera cuestión es trascender la mente...

...cuando vives en una cueva de la montaña, es probable que no te enfades porque, para que eso ocurra, alguien tiene que incitarte al enfado; no hay nadie que te incita...

Me contaron que había un hombre que llevaba treinta años viviendo en el Himalaya. Se había marchado porque tenía una fuerte tendencia a enfadarse; cuando se enfadaba parecía que se volvía loco. Un día empujó a su mujer a un pozo, y cuando se dio cuenta de lo que había hecho, decidió que debía renunciar al mundo. Ahora llevaba treinta años sin enfadarse porque no estaban su mujer, ni sus hijos, ni sus clientes, ni sus amigos, ni sus enemigos..., no había nadie. Poco a poco su fama se fue extendiendo a las llanuras: "Hay un hombre que lleva treinta años viviendo en las cuevas y nunca hemos visto a una persona tan tranquila".

Se iba a celebrar un gran festividad en Prayag, la Kumba Mela, que ocurre cada doce años. Es la confluencia más grande del mundo; acuden millones de personas. Algunas de ellas subieron a ver a este monje silencioso, y dijeron: "Todos los grandes santos y monjes irán a la feria para impartir sus enseñanzas a las personas que participen en ella. Es hora de que vengas; llevas treinta años sin bajar; estás preparado". Esta invitación era muy gratificante para su ego.

Bajó a los llanos. Al inmiscuirse entre los millones de personas --que no lo conocían-- alguien le pisó, y los treinta años se esfumaron como si nada. Agarró al hombre por el cuello y le dijo: "Imbécil,  ¿no ves que soy un santo?  Les costó mucho trabajo separarlos, porque quería matar a ese hombre. Volvía a ser el mismo que había matado a su mujer treinta años atrás. Y el pecado no era tan grave; entre tanta gente era muy fácil que te pisaran sin querer. Pero eso le hizo darse cuenta de que los treinta años en el Himalaya no le habían cambiado en lo más mínimo... La verdadera prueba es el mundo, y no el hecho de estar más o menos callado, de ser más cariñoso o compasivo, o de haber madurado espiritualmente.

Ve a la calle, pero recuerda que no puedes perderte. Sigue siendo el observador. Perderse es muy fácil".

OSHO, Una nueva arca de Noé